No sabemos si Rimbaud, a sus dieciséis años era ya un asiduo bebedor de ajenjo. De haber escrito El barco ebrio más tarde, claramente deduciríamos que se trata de una enorme alusión a la bebida. Es un hecho entonces, que siendo un adolescente era ya todo un poeta, al crear esta obra que impresiono al mismo Verlaine. El yo poético se presenta desde el principio, y se asume una primera persona. Es sin embargo el barco aquel que habla, aquel que ha recorrido los océanos y conoce más que los hombres la esencia marina. Ha percibido la sal y el agua agolpándosele en las maderas, mientras los humanos solo perciben el chapoteo. Sin embargo, y siendo Rimbaud un simbolista, es necesario ir mas allá para su interpretación. Si un joven de su edad es capaz de escribir tal poesía, entonces comprende el significado de muchas c osas de la vida. Y entonces, El barco ebrio es un paseo por el mundo, por Europa, por la vida.
Por las tripulaciones nunca tuve interés
y cuando terminó la cruel algarabía,
a mí, barco de trigo y de algodón inglés,
me dejaron los Ríos ir adonde quería.
En esta estrofa, el poeta nos deja ver un poco de una personalidad solitaria, siendo un barco sin interés en aquellos que le rodean, y ya sin una amarre de sus rudos conductores, es libre de recorrer los ríos, los caminos, No olvidemos que Rimbaud fue desde joven aceptado en casa de Verlaine, quien le aceptó cordialmente. Entonces, ese desprendimiento muestra la temprana travesía por el mundo, (mundo hecho de agua, como las aguas que se describen en el poema), por los ríos, por los senderos de la vida como un vagabundo portador de poemas en los dedos.
Bogué en un cabrilleante furor de marejadas
más sordo e insensible que meollo de infantes
y las viejas Penínsulas por el mar desgajadas
no han sufrido vaivenes más recios y triunfantes
El carácter individualista, decadente y disoluto, (observable sin necesariamente juzgarse), probablemente se asoma en esta bella estrofa. El dolor sentido por la angustia de la creación poética, es poco conocido y entendido por aquellos que son ajenos, y son probablemente estas penínsulas desgajadas aquellas que no conocen el sufrimiento de aquellos vaivenes más recios y triunfantes, que el barco ebrio de Rimbaud ha conocido. Nótese como el furor, la algarabía y la fuerza son siempre recurrentes en este poema, son en esta ocasión las olas furor de marejadas, esa intensa vida de la que se conoce fueron partidarios estos autores.
Cual para el niño poma modorra, regodeo
fue para el agua verde este casco de pino;
dispersando el timón y perdiendo el arpeo
me lavó de inmundicias y de manchas de vino.
La estrofa siguiente, a riesgo de errar la interpretación estudiantil, es una probable alusión al hada verde, al ajenjo que empapó los espíritus de estos poetas. De ser así, esta bebida poderosa se plasma como un elixir purificante, que baña el casco de pino y lava las culpas de las inmundicias y las manchas del vino, aun con la conocida desorientación que esta sustancia ocasiona y hace perderse el timón y el arpeo.
Desde entonces me baña el poema del mar
lactescente, infundido de astros; muchas veces,
devorando lo azul, en él se va pasar
un pensativo ahogado de turbias palideces.
Después de este desprendimiento, viene la entrega al mar, al mundo y sus placeres y sus enormes contrastes. La poesía se convierte en un mar que otorga leche, como aquella tierra prometida de la biblia. Como aquel marinero que narra cómo las aguas están llenas de estrellas, así Rimbaud acoge este símbolo de belleza para mostrarnos a un pensador ahogado, sofocado en tibias palideces, muerto en la pura belleza. Tanto se asemeja a la vida de estos autores, creadores de bellezas únicas y sofocados por la pena y la angustia.
He visto las resacas, la tormenta sonora,
las corrientes, las mangas -y de todo sé el nombre-;
cual vuelo de palomas a la exaltada aurora,
y alguna vez he visto lo que cree ver el hombre.
Yo he visto al sol manchado de místicos horrores,
alumbrando cuajados violáceos sedimentos.
Cual en dramas remotos los reflujos actores
lanzaban en un vuelo sus estremecimientos.
Estrofas adelante, Rimbaud se funde con la nave para formar un ente que supera a los humanos. Así, narra las visiones que ha apreciado, las visiones propias del humano que viaja, que conoce el mundo, que se entrega a la vida y es testigo de los distintos matices que las tierras ofrecen. El ente, va mas allá de aquello que los humanos conocen, porque ha visto aquello que creen ver los hombres, mas lo conoce de cerca, de frente. Las tormentas con sus sonidos. Rimbaud maneja la luz en distintos tonos, por un lado menciona las auroras exaltadas, belleza celestial poco conocida por muchos, y por otro muestra a un sol apuñalado, manchado de místicos horrores y con su luz alumbra coágulos, sangre ya violeta por todas las muertes.
Humeante, libre, ornado de neblinas violetas
segué el cielo rojizo con brío de segur
llevando -almíbar grato a los buenos poetas-
mis líquenes de sol y mis mocos de azur.
El color violeta encuentra cierta predilección, al presentarse nuevamente en el poema. Las imágenes poéticas que se presentan son en esta ocasión de tonos más lúgubres, aunque el negro no se haga presente. El barco, ornado de neblinas violetas nuevamente, nos remite a la estrofa anterior donde se presentan los sedimentos violáceos en el sol. Color de la sangre seca, precede al cielo rojizo, ya la sangre más viva, huella de la vida intensa. Y el brío, pertenece al segur, a guadaña que aunque no podemos ubicar con certeza a la muerte, si encaja dentro del contexto del verso, que parece pretender mostrarnos de nuevo a este barco como un testigo de vastas muertes.
El acre amor me ha henchido de embriagador letargo.
Lloré mucho. Las albas son siempre lacerantes.
Toda luna es atroz y todo sol amargo.
¡Que se rompa mi quilla y vaya al mar cuanto antes!
Cerca del final, nos enteramos de la ya conocida influencia de este poeta en las futuras generaciones, en el surrealismo por cierto y las vanguardias. Rimbaud trastoca el orden de las cosas, el dolor no se va con el esperanzador ocaso. Ya lo diría T.S Eliot en su East Cocker “Amanece, y otro día se consagra al calor y al silencio”. Así mismo, para Rimbaud el día no trae consuelo, sino más pena, otro día de presenciar un sol amargo y una luna atroz. No hay escape, en la ebria jornada de esta nave, el día y la noche son una misma pena viviente.
Si yo ansío algún agua de Europa es la del charco
negro y frío en el cual, al caer la tarde rosa,
en cuclillas y triste, un niño suelta un barco
endeble y delicado como una mariposa.
Ya nunca más podré, olas acariciantes,
aventajar a otros transportes de algodón,
ni cruzando el orgullo de banderas flameantes
nadar junto a los ojos horribles de un pontón.
Esta vida, el viaje, no es al final un orgullo para el barco poético, sino una pena que desea olvidarse. Después de tanto andar por el mundo, de conocer pieles, murmullos de olas diversas, ahora solo desea la calma y la simpleza. Ya no son los mares exóticos, solo el agua simple de un charco, el estanque un tanto inmundo pero alcanzable donde ya no se navegue a la deriva. Las imágenes son bellas; otro contraste que vuelve a este charco una sublime obra de poesía. La tarde rosa y un niño, tan lejano a las pasiones distantes, deja ir un barco pequeño, que solo podrá navegar en modestas aguas con la delicadeza de una mariposa, sin conocer las violentas olas. Después del viaje, el barco embriagado desea ser atado, ya no un vagabundo de las aguas, ya no desea vivir otras jornadas, sino simplemente quedarse lejos de los horribles ojos de un pontón.